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Petricor. El pasado 22 de abril recibimos en Valle de Bravo la primera lluvia del año y desde nuestro bosque se puede sentir la humedad que ha refrescado todo el ambiente, el olor a tierra mojada no es el mismo olor que sentimos cuando regamos nuestras plantas con el agua que hemos tratado. Aunque es agua limpia, hay algo diferente. Ésta es agua que cayó directamente del cielo sobre suelos secos que circundan las instalaciones de El Humedal; el olor es tan intenso que nos abraza aquí dentro.

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Petricor. El pasado 22 de abril recibimos en Valle de Bravo la primera lluvia del año y desde nuestro bosque se puede sentir la humedad que ha refrescado todo el ambiente, el olor a tierra mojada no es el mismo olor que sentimos cuando regamos nuestras plantas con el agua que hemos tratado. Aunque es agua limpia, hay algo diferente. Ésta es agua que cayó directamente del cielo sobre suelos secos que circundan las instalaciones de El Humedal; el olor es tan intenso que nos abraza aquí dentro.

Sin embargo, aunque la mayoría conocemos esta palabra como la que designa el olor a tierra mojada, el petricor en realidad es un aceite exudado por algunas plantas, el cual se almacena en el suelo y las piedras durante la sequía. Según investigadores del MIT, cuando llueve, el agua golpea las superficies porosas y pequeñas burbujas se forman dentro de la gota. Ésta entonces aumenta su tamaño y flota hasta que se rompe y libera una “efervescencia de aerosoles” en el aire, que son los que transportan el aroma (mira el video del MIT aquí https://youtu.be/Waqmq_GTyjA).

 

Es interesante que esta primera lluvia cayó el primer Día de la Madre Tierra que se celebra dentro del Decenio de la ONU para la Restauración de Ecosistemas, como si la propia Madre Tierra se pronunciara anunciando que pronto comenzará un nuevo ciclo. La sequía, que a muchos seres agobia, terminará. Pero para que la madre sostenga a su propio ritmo, necesitamos dejarla hacerlo sin intervenir. Porque la Tierra está en un parto continuo, sus espasmos resuenan en las mareas que, como el ciclo menstrual de la mujer, son guiadas por la fuerza de la luna.

Y así, como una mujer en parto, la Tierra pide quietud, paz, silencio, respeto a sus tiempos, a sus ciclos. Todo puede suceder si logramos entrar en su ritmo, pero para ello, como cuando entramos saltar la cuerda, necesitamos antes observar sus ritmos y entrar justo en el momento en que la cuerda no choque con nuestro cuerpo, brincar al ritmo de la cuerda y de quienes ya están brincando en ella.

Hoy la Madre Tierra nos pide que seamos atentos con ella, detenernos un instante, observar sin actuar hasta que seamos capaces de entenderla y entonces, más allá de ayudarla, acompañarla en los procesos que ella dirige desde hace millones de años. Y, aunque parezca, dar el primer paso no es tan complicado.

 

Nuestro consumo

Lejos de tachar el consumismo como el mal de nuestra era, lo que proponemos para celebrar todos los días el Día de la Madre Tierra es hacer conciencia de lo que consumimos en nuestra vida diaria y la forma en que nuestros desechos se pueden (o no) transformar. Antes de hacer cualquier cambio en nuestros hábitos, es importante primero conocer cuáles son y saber todo lo que implican en nuestra vida y la de la Tierra.

 

Esta observación quizá nos lleve a darnos cuenta de que muchas veces no sabemos de dónde viene el agua que consumimos, por ejemplo, o a dónde va. Muchas veces no sabemos de dónde viene la lechuga que arropa nuestra ensalada, ni a dónde va cuando la echamos al bote junto con empaques y papeles. Y es que, si lo vemos desde fuera, este desconocimiento es la razón por la que tanto el agua como los desechos se encuentren en una fuga constante. Este desconocimiento es la razón por la que cada año, el mundo pierde 10 millones de hectáreas de bosques (una extensión similar a Islandia). Y esta pérdida de bosques, la razón por la que la lluvia no alcance a llegar a ciertos lugares, prolongando más la llegada del petricor como aroma, lastimando los ciclos de la vida.

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